En el devocional anterior, meditamos sobre cómo la gracia de nuestro Señor Jesucristo nos permite tener una mente renovada con los propios pensamientos de Dios. Oramos para que su Espíritu nos revelara la esperanza de su llamado, las riquezas de su gloria y la inmensidad de su poder para con nosotros, los creyentes.
La verdad central de esta reflexión es vital, pues al aceptarla por fe, el Espíritu de Dios nos capacita para dejar atrás nuestra vana manera de pensar, esa heredada del “viejo hombre” que absorbimos desde la niñez por la influencia del mundo.
Esta mentalidad, que se conforma a los criterios humanos y difiere de los de Dios, es la que el apóstol Pablo nos exhorta a abandonar. Él nos dice: “que ya no vivamos como los otros gentiles, que viven en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios” (Efesios 4:17-18). Las consecuencias de persistir en esta forma de pensar son graves: se pierde toda sensibilidad y se termina cediendo a la impureza y la lascivia (Efesios 4:19).
Sin embargo, la buena noticia es que Dios interviene en este proceso de transformación. Él no sólo nos impulsa a desechar la manera de pensar equivocada, sino que nos enseña a pensar correctamente, de acuerdo con su verdad. Por eso Pablo afirma: “Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo, si en verdad le habéis oído, y habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús” (Efesios 4:20-21).
Así que hermanos, creamos en la Palabra de Dios y pidamos al Espíritu Santo que siga siendo nuestro Maestro, enseñándonos y moldeándonos a la verdad que está en Jesús, para que nuestra mente refleje su gracia y su amor.